CAPÍTULO 13~ EL DÍA MÁS TRISTE:
Sé fué corriendo hacia donde había oído el grito.., pero no había nada.
Buscó entre los matorrales, pero estaba desierto. Miró por los alrededores, pero tampoco vió nada. Cada vez más nervioso y aterrorizado, se fijó en que en la tierra había un trozo de pergamino viejo y arrugado. Sin saber muy bien porque, lo cogió y lo abrió; se le heló la sangre de nuevo. En letra irreguar, cómo si hubieran escrito con solo una gota de tinta, ponía:
La tengo a ella. No es la que más deseaba,
pero es a la que he elegido cojer. Porque
sé que para él es importante.
No necesito decir nada más. Quién debe
entender esta nota, la entenderá.
Si no hace lo que sabe que tiene que hacer..,
la chica morirá.
George sé quedó unos instantes mirando el papel. ¿Él? ¿A quién se refería con lo de 'él'? Luego, después de atar unos cuantos cabos, se dió cuenta, y con una voz casi inaudible, dijo:
- Sirius... Sirius Black...
Salió corriendo del bosque en dirección al castillo. Le daba igual si le veían, le daba igual si le castigaban, sólo quería ir a hablar con 'él'. Y ese 'él', si sus sospechas eran ciertas, era... Harry.
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Harry se había despertado bastante tarde. A las 11:30 todavía estaba tumbado, profundamente dormido en la cama. Ron le despertó. Parecía horrorizado, chillaba sin parar cosas que Harry no podía a entender. Sólo entendía palabras sueltas cómo 'puerta', 'ella', 'horrible' y... 'Sangre'.
- Ron, espera, no te entiendo.., ¿qué pasa? - Harry se dió cuenta de que varias lágrimas caían por sus mejillas.
Cuando Ron abrió de nuevo la boca para hablar, entró en la habitación Hermione. Harry estaba empezando a preocuparse, así que no le dijo que no podía entrar en la habitación de los chicos. Estaba pálida. A diferencia de Ron, ella no se preocupaba en intentar disimular las docenas de lágrimas que bajaban por sus mejillas. Le temblaban las manos. A pesar de eso, estaba muy quieta. Casi inmóvil.
- Hermione... ¿Qué pasa?
- V-v-ven... - Dijo ella, y, con Ron detrás, bajó las escaleras. Harry se temía lo peor. Se puso las zapatillas rápidamente y siguió a sus amigos escaleras abajo.
La Sala Común estaba abarrotada de gente. La mayoría llorando, con cara de preocupación, o simplemente, muy tristes. Hermione y Ron se dirigieron hacia el agujero de la pared, la salida de la Torre. Con algo de dificultad (a causa de la gente que había), consiguieron cruzarlo. Ron y Hermione se giraron, para observar el cuatro de la Señora Gorda (la mujer que vigilaba la entrada a la Torre), y Harry hizo lo mismo. Pero cuando se giró, no vió a ninguna mujer.
Simplemente había el antiguo lienzo donde vivía la Señora Gorda, rasgado, vacío..., escrito encima, con un líquido rojo, el cual Harry supo que era sangre, ponía:
Me la he llevado. No la volveréis a ver.
Ya es tarde para todos. Ya es tarde para ella.
Yo, Sirius Black, no hos la devolverá.
Ya es tarde para todos. Ya es tarde para ella.
Yo, Sirius Black, no hos la devolverá.
Voy a matar a vuestra querida
Stevie Reindler.
Harry se mareó. Ron había cambiado su expresión por una de auténtica fúria, aunque varias lágrimas seguían rodando cara abajo. A Hermione le costaba respirar de tanto que sollozaba. No podía ser.., ¿ella? ¡Pero si era a él a quién quería! ¡Y la iba a...! La iba a... ¿La iba a matar? ¿Enserio? ¿No la volvería a ver? Harry se dió cuenta entonces de la verdadera gravedad de la situación. Fred salió para ir con ellos junto a Lee. Los dos estaban también llorando.
- Oye... ¿Habéis visto a George? - Preguntó Fred. Los demás negaron sin fuerzas con la cabeza, con la mirada fija en el suelo.
En ese momento llegó corriendo el otro gemelo pelirrojo, con la carta guardada en el bolsillo. Cuando fué a abrir la boca para contarles lo que había pasado, se quedó de piedra al ver el cuadro. Sin las mismas fuerzas que cómo había llegado, y con la mirada fija en el cuadro, dijo:
- Estaba con ella... Me pidió que fuera con ella y no lo hice... La ha cogido por mi culpa... La matará por mi culpa... Si hubiera ido... si hubiera ido estaría viva... Estaría viva...
- Está viva, George. - Afirmó Harry. Todos se habían quedado mirando a George, sin entender que quería decir. - Ahora vamos a ir al Gran Comedor, y nos vas a contar que ha pasado.
Ninguno comió nada. No tenían apetito, y además, estaban demasiado ocupados escuchando el relato de George. Cuando acabó, nadie sabía que decir. A George le había costado horrores no llorar al contarlo. Sin embargo, se olvidó de decirles lo de la nota, que seguía olvidada en su bolsillo.
- No ha sido culpa tuya, Georggie. - Dijo Fred con una forzada sonrisa, poniéndole la mano en el hombro.
- Tiene razón. - Dijo Ron. - Ese imbécil se la habría llevado igualmente.
La profesora McGonagall irrumpió en el Gran Comedor. Abrió la puerta haciendo mucho ruido. Se sorprendió al ver que todos estaban en el comedor, pues pensaba que todos estarían usmeando por el castillo, o matándose entre ellos para ver el rasgado cuadro. Se paró en seco, intentando disimular su nerviosismo. Harry se dió cuenta entonces de que Dumbledore estaba muy angustiado. Es más, él, y juraría que nadie en el mundo, había visto nunca a Dumbledor preocupado o nervioso. No estaba sentado en la mesa de los profesores como de costumbre. Estaba de pie, delante de esta, yendo de un lado al otro de la tarima, caminando rápida e inquietosamente. Al darse cuenta de la brusca entrada de la profesora McGonagall, se paró en seco. A pesar de estar uno en cada punta del comedor, se miraron a los ojos.
- Alumnos, - dijo, dirigiéndose a las cuatro mesas. - supongo por vuestras caras que todos estaréis al tanto del desagradable suceso de la señorita Reindler. Pero les puedo asegurar, - su tono de voz se volvió severo, cortante, y decidido. - que aremos todo lo posible para lograr rescatarla. Aunque... - dirigió su mirada hacia Dumbledore, dando un paso adelante. Todos los ojos y oídos estaban puestos en ella. - Tenemos un problema, Dumbledore. Un gran y grabísimo problema...
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