dimecres, 16 de gener del 2013

CAPÍTULO 1♥.


CAPÍTULO 1~ UN INVITADO ESPECIAL: 
Éra realmente tarde. La oscuridad invadía toda la calle muggle de Roald Stone. Stevie estaba en su cuarto, a punto para irse a dormir. Cada noche, echaba un último vistazo a esa foto colgada cuidadosamente en la pared. Sus padres. La sostienen a ella en brazos. Están en lo que parece ser Paris. Su abuela no se acuerda bien, y ella, al ser un bebé, menos. 
Ellos no estában con ella, pero no porqué estén muertos ni nada de eso. Ellos vivían en Rumania. Eran los jefes de una organización que se ocupaba de investigar dragones o algo así. Y esque su família no era una família normal. Su família procedía de una gran estirpe de magos y brujas. Pero, por lo que se veía, ella no daba señales de poseer ningún poder. Su abuela decía que tubiera paciencia, que los poderes a veces tardan en llegar y que, además, ella aún era bastante joven. 
Pero ella no podía evitar ponerse triste... Sus padres eran tan buenos magos... Estudiaron en una prestigiosa escuela de magia, Howarts. Todos los del mundo mágico saben de ella. Cualquier niño mágico, e incluso, algún que otro muggle (gente no-mágica) estaría encantado de estudiar allí. Su director era no de los mejores magos de todos los tiempos; Albus Dumbledore.
Su abuela decía que sus padres, cuando era pequeña, hacían pequeños hechizos con los que ella se divertía mucho, como hacer que pequeñas estrellas luminosas volasen encima de su cuna, o que su libro favorito le contase él solo las historias. Antes de irse a dormir, se levantó y se fué al baño. Se miró en el espejo. Estaba llorando. Normalmente no lloraba al recordar a sus padres (a los que hace más de nueve años que no ve), pero a veces, y solo a veces, ni ella puede evitar ponerse un poco melancólica. 
Sus color verde de su iris resaltaba más en sus ojos rojos e inchados. Su pelo rubio brillaba con fuerza, y caía en cascada hasta casi la cintura. Se pasó los dedos por él; estaba enredado. Agarró un cepillo de una pequeña estantería de plástico y se lo cepilló con cuidado. Se hizo con cuidado una larga trenza que se colocó a un lado. Tenía el pelo escalado, así que se le salían algunos cabellos por algunas partes de la trenza.
Sus ojos ya no estaban tan inchados, pero aún tienía la cara un poco húmeda. Se la lavó y se la secó con una toalla. Era azul, y tienía una pequeña S bordada en dorado en una esquina. Recuerda que esa toalla se la compró su abuela por su tercer aniversario, y le bordó personalmente esa S. Stevie pensó que esa toalla era realmente vieja. Y razón, no le faltaba. Llevaba usando esa toalla nueve años. Aunque, mañana, haria diez. Mañana, la pequeña Stevie cumpliría trece años. Miró el reloj. Faltaban once minutos para las doce.
Se estiró en la cama. Un último vistazo a la foto. Esa vez ya no lloró. Vuelvió a mirar el reloj; diez minutos. 9. 8. 7. Cierra los ojos. 6. Se imaginó como sería mañana su cumpleaños siendo bruja. 5. 4. Seguro que genial. 3. 2. Y...
TOC, TOC.
Stevie abrió los ojos de golpe. Se asustó. Miró el reloj: Ya eran las doce. Ya tenia trece años. Una voz suenó al otro lado de la puerta:
- ¿Stevie? ¿Estás dormida?
Parecía su abuela. Stevie vivió con su abuela desde que sus padres viven en Rumania:
- Si, si, pasa.
- Emm... No. Mejor sal tú. Esque no estoy sola. 
¿Como? ¿Qué hacia su abuela a aquellas horas con alguien allí, en la puerta de su habitación? 
- Vale, un momento, ahora salgo. 
En cualquier caso, se vestió de otra manera. El pijama de ositos que lleva no le parecía buena manera de recibir a nadie. Se puso unas mallas negras y una camiseta de esas anchas, que se suelen usar para dormir y suele caerse por un lado, dejando a la vista buena parte del hombro. Seguía yendo en pijama, pero más decente. Se sueltó la trenza, pero no se molestó en peinarse. Tampoco había que exagerar. Parecía que su abuela se estaba empezando a impacientar: 
- ¡Stevie! ¿Acaso te estás maquillando? ¿Porqué demonios tardas tanto? - gritaba golpeando suavemente la puerta. 
En ese momento, Stevie abrió la puerta:
- Estaba en el baño, perdón. 
Stevie miró a un lado y a otro. No había nadie, escepto su abuela. Su abuela era bajita, con el pelo corto y rubio. Los mismos ojos que ella, pero nada que ver con los de su madre o su padre. 
- Abuela, ¿Y esa persona que estaba contigo? - preguntó extrañada. 
- Se ha ido. Tardabas tanto que... 
Stevie miró a su abuela algo disgustada. Esta mantenía una expresión seria, pero enseguida soltó una gran carcajada:
- ¡No se ha ido! Pero ha estado a punto. Se ha ido a buscar un baso de agua.
- ¿Quién és? ¿Y porqué viene tan tarde?
- Digamos que és... Un invitado especial.
La manera en que la abuela Paola (Así se llama) remarcó la palabra 'especial' llamó la atención de Stevie.
Sus pensamientos se interrumpieron por unos fuertes estruendos, que parecían ser pisadas. Lo eran.
- Ah... Por ahí viene nuestro invitado.
Stevie estaba un poco asustada. Las pisadas eran extremadamente fuertes. Cada vez sonaban más cerca. Las grandes piernas que causan ese estruendo estaban subiendo en ese instante las escaleras. Abuela Paola miraba la expresión de miedo en la cara de su nieta, y no pudo evitar dejar escapar una pequeña risa silenciosa. Stevie no se dió cuenta. Tenía la vista fija en la entrada de la escalera. Deseaba saber quien era ese invitado tan ESPECIAL. Y llegó. Stevie se quedó automáticamente de piedra. Un hombre el doble de alto que uno normal, con las manos como tapas de basura y los pies como gatos se estaba hacercando a ella. Tenía una gran melena crepada negra y una barba espesa, con un bigote del mismo color. A primera vista solo se le veían unos grandes ojos negros. A pesar de su tamaño y aspecto, a Stevie sé le fué el miedo. Había algo en sus ojos oscuros que transmitia inmediata confianza. El misterioso hombre llegó por fin a donde estaban ella y su abuela. El suelo vibraba con cada paso que daba ese hombre:
- ¡Oh, Hola, Stevie! ¡Estoy encantado de conocerte por fin! - dijo el hombre estrechando enérgicamente la mano de la chica, dejándosela un poco dolorida.
- Eh... Muchas gracias... - contestó ella con una ligera sonrisa. - Esto... ¿Quién és usted?
- ¿Usted? - El hombre estalló en una gran carcajada. - Por favor, ¡hablame de tú a tú, Stevie! Te conozco desde que eras un bebé. Mi nombre és Hagrid.
- Pues encantado de concerle... Digo, de conocerte.
Paola miró a su nieta, y al ver que no tenía ni idea de que estaba pasando, le dijo:
- Cariño, vamos al comedor. Tenemos que hablar contigo.
Los tres caminaron hacia la sala principal de la casa. Hagrid delante, y Stevie y su abuela medio corriendo para alcanzarlo, y casi se cayeron por las escaleras a causa del temblor que Hagrid causaba en ella. ¿Cuanto debía pesar ese hombre? No lo sabía, pero tampoco se lo pensaba preguntar.

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