CAPÍTULO 4: UN ACOMPAÑANTE ESPECIAL:
Stevie tenía enfrente suyo a un niño, de unos once años, agitando una varita en el aire. Era rubio y tenía los ojos grises. Su mirada desprendía furia. En la túnica de Hogwarts que llevaba puesta tenía un nombre escrito:
"Draco Malfoy." .
Stevie se quedó callada, observando al niño, que no parecía haberse percatado de su presencia. Él agitaba la varita enfadado y repetía una y otra vez: <<Maldito chisme...>> <<¿Porqué no me obedezes?>> <<¡Argh, estoy arto de ti!>>.
Cuando Stevie vió que Draco tiraba al suelo un montón de chismes, y que casi tiraba al suelo un jarrón de cristal que habia en una estantería, decidió intervenir. Se acercó un poco más. Draco estaba de espaldas a ella.
- Creo, - empezó a decir. - que esa no és la varita que te corresponde.
Stevie había oído decir repetidas veces a su abuelo que no és el mago quien elige la varita, és la varita quien elige el mago.
- Ah, - Draco seguía de espaldas. - Y ¿Quién se supone que eres tú para...
En ese momento Draco se giró y vió por primera vez a Stevie. Draco pensó al instante que era la chica más guapa que había visto en su vida. Parecía algo más mayor, le sacaba una cabeza, o dos. Tenía el pelo rubio, muy rubio, como el oro, y muy liso, y unos ojos verdes enormes.
- Me llamo Stevie. - dijo ella al ver que Draco no tenía intención de acabar la frase. Estaba allí quieto, con la varita en la mano, y la boca algo abierta. ¿Qué narizes le pasaba? - ¿Y tú eres?
Daco no respondió enseguida:
- Ah, sí. Soy Draco Malfoy. - Dijo él señalando con orgullo su chapa en la túnica. - Oye, Tú eres más mayor, ¿no?
- Tengo trece años. Los cumplo hoy.
- Ah, mira que bien. Felicidades. Yo tengo once.
- Me lo imaginaba.
- ¿Qué quieres decir? - Draco parecía enfadado.
- Nada, solo que los aparentas.
- Para tu información parezco más mayor de lo que soy.
- Por supuesto, a eso me refería.
Draco se conformó con esa "disculpa".
- Una pregunta... - volvió a hablar. - ¿Eres sangre limpia o sangre sucia?
- ¿Disculpa?
- És una pregunta simple, creo yo. Va, contesta.
- Soy sangre limpia. Pero en estos momentos me gustaría ser sangre sucia, para hacer algo de lo que luego me pudiera arrepentir...
Draco no pilló la indirecta de Stevie, que se había mosqueado mucho. Se le habían puesto rojas las mejillas. Les tenía profundo odio a esa gente que despreciaba a los muggles y a los sangre sucia. Mucho odio. Muchísimo.
Una voz la distrayó de sus pensamientos de odio hacia Draco, que seguía agitando la varita y causando flashes de luz. Era Hagrid:
- ¡Stevie! ¡Ya estamos aquí!
--
Harry estaba entusiasmado. Todo esto le había pillado desprevenido.
Hace apenas una hora estaba en una casa enmedio del océano, helándose de frío y estirado en el suelo.
Y ahora estaba allí. En una tienda de varitas mágicas. Hagrid le había dicho que otra alumna les compañaría en su compra. Por lo visto, estudió en casa primer y segundo año, pero su abuela ya no tenía conocimientos para enseñarle más, así que Dumbledore, al ver que la niña tenía tanto potencial, y se estaba desperdiciando, le mandó una carta de inscripción a Hogwarts. Era todo un poco raro, la verdad, pero a esas alturas, Harry ya no podía etiquetar a nada de "raro". Oyó unas pisadas que corrían por los pasillos, y de la esquina de uno, apareció una chica. Era guapa. Muy guapa, la verdad. Rubia, con los ojos verdes, y muy grandes. Pero parecía mayor que él.
- ¡Madre mía! ¿Te has perdido por los pasillos? - Dijo Hagrid, con una sonrisa en la cara.
- Algo así. - Contestó Stevie, algo sofocada. - En realidad... Sí. Esto és más grande de lo que parece por fuera.
- Se llama MAGIA.
Stevie y Harry se quedaron en silencio. Para ambos todo aquello era extraño. Obviamente, para Harry más que para Stevie. Ella conocía todo del mundo mágico, pero no lo habia logrado practicar nunca.
- Mira Harry, esta és Stevie. Stevie, este és Harry.
- Lo sé. - Dijo Stevie, seguido de una sonrisa. Ella y Harry se estrecharon la mano. <<Parece simpática.>>, pensó Harry. <<Parece simpático.>>, pensó Stevie.
- Bueno, va siendo hora de comprar nuestras varitas, ¿no? ¡HEINZ! - La voz de Hagrid gritando el nombre del pequeño señor resonó por toda la tienda. Heinz volvió a salir de la trastienda.
- ¡Ya la tengo! ¡Ya la tengo!
- ¿Como? - Preguntó Stevie.
- ¡Tu varita! És esta. Tiene que serlo. Es la varita hermana de tu abuelo Dumb...
Hagrid ordenó callar a Heinz. El conocía la historia, pero se le habia olvidado que Harry estaba allí. Este no entendía que pasaba. Stevie sí. - Digo... És la varita hermana de... Tu padre. Sí, eso. Las dos echas con el mismo cuerno de unicornio, los mismos cabellos de la crin de un centauro... Sí, excelente varita, sin duda. Pruébala.
Stevie la cogió con miedo. ¿Probarla? ¿Cómo? Miró a Hagrid. Él hizo un gesto con la mano, indicando que sacudiera la varita. Ella hizo lo mismo. Movió la varita ligeramente, agitándola con una elegancia que ella no pretendía. Harry la miraba embobado. Era realmente preciosa. Aunque en esos momentos, Harry prestaba más atención a lo que estaba sucediendo a manos de esa varita. De la punta salió una pequeña luz. Se colocó encima de ella y la iluminó por completo. Su rubio era más rubio y sus ojos verdes más verdes. Cuando este espectáculo de luzes terminó, se hizo un pequeño silencio. Fué Heinz el primero en hablar:
- Hermoso, sencillamente hermoso.
- Ya ves. - Eso lo dijo Harry. ¿Lo había dicho en voz alta? Mierda.
- Como había imaginado, - prosiguió Heinz. - esta varita és la perfecta para tí. Se podría decir que lleba tu nombre escrito, Stevie.
Pero eso a Stevie no le importaba. La varita la había elegido, lo que significaba, y ahora ya era seguro, que ella también tenía poderes. Y, aunque lo ocultaba perfectamente por fuera, por dentro no cabía de entusiasmo. Era el turno de Harry. Provó unas cuantas varitas antes. No parecía que ninguna diera el efecto deseado. Entonces, Heinz se paralizó:
- No... No puede ser... Aunque, quizás sí. Sería curioso, mu curioso... Disculpadme un momento.
Se gué por los pasadizos y volvió en unos segundos. Llevaba una varita en la mano. Volvió corriendo, y cuando llegó donde estaba Harry, se paró, y le alargó la varita a Harry.
- Cójela. - Dijo. - Pruébala.
Harry la cogió con cuidado. La agitó como había echo en las repetidas anteriores ocasiones, solo que esta vez, sucedió lo mismo que pasó con Stevie.
- Curioso. Muy curioso.
Todos se miraban, perplejos. Harry se volvió hacia Heinz:
- Perdone señor, pero, ¿Qué és tan curioso?
- La varita que te ha escogido. A la que estás destinado... És la hermana gemela de la misma que te hizo esa marca en la frente. És la hermana de la varita de quien-tú-sabes.
Todos se quedaron en silencio.
- Eh, creo que se va haciendo tarde. Vamos Harry, vamos, Stevie. Hos he de comprar vuestros regalos de cumpleaños.
Salieron los tres de la tienda empezaron a andar por la calle. Hagrid miraba de un lado a otro, y de golpe, paró en seco. Stevie y Harry iban detras de él, y cuando el gigante paró, se empotraron contra él. Hagrid miraba a un lado y a otro, hasta que paró la vista en un punto fijo. Stevie y Harry no tubieron tiempo de seguir la mirada, porque Hagrid se giró al instante hacia ellos y les dijo que no se movieran de allí, que ahora volvía él. Cuando se alejó, los dos niños intentaron ver a donde se dirigía, pero la multitud se lo impedió. Estaban los dos juntos. Solos. En medio de la calle. Fué entonces cuando ambos se dieron cuenta de la incomodidad de la situación. El silencio se apoderó de los dos, con una murmullo de gritos de gente comprando y vendiendo de fondo. La gente les empujaba sin parar, y Harry dijo:
- Deberíamos pegarnos a la pared, hay mucha gente.
Stevie asintió, y los dos sé dirigieron a la pared del edificio que tenían al lado. Era muy viejo, de color marrón desgastado, y con ventanas y persianas rotas.
- Parece que lleve aquí mil años. - Comentó Harry, mientras ambos miraban hacia arriba del edificio.
- Tal vez los lleve. - Fué la resupesta de Stevie. Harry miró a Stevie, y luego esta a él.
- Tú eres más mayor, ¿no?
- Tampoco tanto. Tengo trece.
- Yo once. Me llevas dos años.
- No és mucho.
- És bastante. ¿Cómo és qué hay tanta gente?
- Las amilias vienen con sus hijos a comprar el material del nuevo curso.
- ¿Empezarás tercer año?
- Sí.
- ¿Cómo és que no entrastes en la escuela desde primer año?
Mierda. La habia pillado. ¿Y ahora que decía? ¿La verdad? No, no, había prometido no hacerlo. Entonces un montón de ideas y respuestas se le pasaron por la cabeza, pero solamente dijo:
- No podían pagarla.
- ¿Y ahora sí?
¿No pararía nunca de preguntar?
- Eh... Dumbledore me concedió una veca.
- ¿También hay vecas en el mundo mágico?
- Por supuesto.
Eso era verdad. En el mundo mágico también habían vecas... Para suerte de ella. Diferentes, pero vecas. Además, Harry era nuevo en esto, era fácil colarle trolas. Debería avisar a Hagrid que ha dado esa escusa, no quisiera que él diera otra distinta, y todo se fuera al traste.
- Ah, no lo sabía.
Esa chica era realmente extraña. Guapa, pero extraña. Aunque parecía muy simpática. Era distinta, no le había preguntado ni un solo momento sobre Voldemort, o sobre la cicatriz, o sobre cualquiera de esas cosas que todos le preguntan cuando le ven. Eso le gusta. No le hace sentir diferente ni especial.
- ¿Has visto ese niño? - Preguntó Stevie.
- ¿Cuál?
- El que estaba en la tienda. ¿Has hablado con él?
- Sí. Estaba saliendo de la tienda mientras su padre pagaba, y mantenía una conversación algo rasposa con Hagrid, y he tenido una corta conversación con él. mientras tú te perdías por los pasadizos. - Harry se dió cuenta de lo borde que había sonado eso, pero parecía que a Stevie no le había importado.
- És un imbécil. - Dijo ella, mirando a un lado y a otro, para ver si veía a Hagrid. La grnte se había dispersado un poco.
- Pues sí.
- Su padre fué mortífago.
- ¿Mortífago? Eso són los seguidores de Voldemort, ¿no?
- Sí. Él fué uno de los que volvieron a nuestro bando. ¡Mira! ¡És Hagrid!
Harry siguió la mirada de Stevie y vió a un hombre corpulento acercarse a ellos; Hagrid. Llevaba algo detrás de la espalda, no supieron que era.
- ¿Qué lleva en la espalda? - preguntó Harry, entre cerrando los ojos para ver mejor.
- No tengo ni idea.
Hagrid por fin llegó a ellos, y les mostró lo que llevaba escondido detrás; Dos lechuzas. Las dos eran exactamente idénticas, blancas. Sólo se diferenciaban en que una tenía una mancha negra alrededor de un ojo. Hagrid entregó a Harry la lechuza blanca, y a Stevie la lechuza con la mancha en el ojo. En cuanto Stevie agarró la jaula, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Miró a los ojos a la lechuza, y, por muy extraño que pareciera, sintió una fuerte conexión con ella. Por la cara que puso Harry, el también había sentido esa sensación hacia su lechuza.
- Estas lechuzas són hermanas. - Explicó Hagrid. - Vosotros dos, estáis estinados a ser amigos. És más, estáis destinados a ser como hermanos. Estas lechuzas os lo recordarán en los peores momentos. Recordaréis que hos tenéis el uno al otro, a banda de todos los buenos amigos que haréis en Hogwarts.
Los dos niños se miraron. ¿Hagrid tenía razón? Bueno, en realidad, ambos habían sentido una fuerte sensación de confianza al verse por primera vez, hace unos minutos, en la tienda de varitas Ollivanders.
- Bueno, va. - Prosiguió Hagrid. - Devemos ir a comprar todo lo que queda.
Y, con las lechuzas en las manso, y cada vez menos vergüenza, Stevie y Harry se fueron conociendo, comprando todo lo que necesitaban para su primer año en Hogwarts, y, entre ellos, se estaba creando una amistad muy fuerte. Un vínculo, que dentro de muy poco, no solo ellos dos formarían parte de él.
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